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LA IGLESIA DE JESÚS (Mc.9,30-37)
I. DISCIPULADO INVERTIDO Los discípulos
le escuchan y siguen, pero acogen su enseñanza dentro de un modelo judío de
búsqueda de Reino. De esa forma se produce una constante disonancia
significativa. Lo que Jesús dice en un plano lo escuchan y acogen sus discípulos
en otro, en términos de triunfo mesiánico. En esperanza de triunfo intramundano
siguen a Jesús, dentro de una perspectiva histórica, conforme a la visión del
mesianismo israelita. Lógicamente, en fuerte paradoja, cuanto más escuchan menos
entienden, cuanto más avanzan con Jesús menos le siguen
II. QUIÉN ES MÁS GRANDE Es evidente que los suyos no quieren ni pueden entenderle. No es que sean torpes (ignorantes) sino todo lo contrario. Son precavidos, responsables, realistas. Lógicamente, saben que todo proyecto necesita un liderazgo, autoridad que pueda aunar esfuerzos y vencer resistencias. Acogen a Jesús, pero luego lo interpretan, rechazando de hecho su angelismo, su ingenuidad, su falta de contacto con los poderes reales de la tierra. Por eso conspiran a su espalda, para bien de Jesús, introduciendo un correctivo en su proyecto de evangelio.
III. ANTIJERARQUÍA No es la Iglesia un grupo de sabios ancianos, sociedad de poderosos o influyentes, sindicato de burócratas sacrales, funcionarios que escalan paso a paso los peldaños de su gran pirámide de influjos, poderes, competencias. La Iglesia es ante todo hogar para los niños, espacio donde encuentran acogida y valor los más pequeños. Los niños no tienen que hacer nada. No deben conseguir ninguna meta; no tienen que esforzarse por lograr influjo por encima de los otros. Su valor está en su propia pequeñez. No han de luchar para volverse símbolo de Cristo: lo son en sí, por encontrarse en manos de los otros.
IV. JESÚS NO ES MUJER NI MADRE ... Su forma de abrazar a un niño rompe los modelos del varón mediterráneo y judío, educado para el sexo y el honor, la autoridad y el trabajo. Aquí aparece un Jesús escandaloso, MESÍAS DE TERNURA que no sólo abraza a los niños ante el grupo sino que propone ese gesto como signo de identidad de su discipulado y Reino. El mismo niño aparece así como autoridad, signo del mesías. En el espacio central de fa Iglesia, abrazado a Jesús, encontramos a un niño. Ambos, Jesús y el niño, forman la verdad mesiánica. Con esta imagen desaparecen los modelos de dominio (ser más grande, ser primero). El mayor y primero es el niño, no hace falta buscar más. A partir de ahí se puede hablar de Iglesia: ¡Quienes acogen al niño, ofreciéndole espacio para el abrazo en el centro de la casa, esos son comunidad cristiana!
Facundo Ruiz |
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