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CUÁNDO Y POR QUÉ UNA ESCUELA ES CATÓLICAProf. Guillermo Eduardo González
Lo que falta muchas veces a los católicos que trabajan en la escuela, en el fondo es, quizás, una clara conciencia de la “identidad” de la Escuela Católica misma y la audacia para asumir todas las consecuencias que se derivan de su “diferencia” respecto de otras escuelas. SAGRADA CONGREGACION PARA LA EDUCACION CATOLICA: La Escuela Católica, n° 66.
1. A la búsqueda de una identidad.
La Iglesia Católica posee en la Argentina numerosas escuelas. Sin embargo, una escuela no es católica por el simple hecho de que su propiedad y/o su administración estén en manos de la Iglesia Católica: ambos elementos no alcanzan para conferir identidad a un establecimiento educativo. Ser de o estar administrado por católicos no constituye a esa realidad en “escuela católica”. Puede lindar con un templo, ostentar el nombre de algún santo y verificar en su interior todos los símbolos religiosos que se quieran... y no ser católica en absoluto.
La misma institución religiosa posee establecimientos educativos
No obstante, aquella gestión, la asignatura y las celebraciones (a lo cual podríamos sumar, si se prefiere, los elementos mencionados en el primer párrafo) tampoco otorgan por sí mismos -ni aislados ni sumados- identidad católica a una institución educativa. Y esto aún en el caso (que no parece ser la norma, sino más bien la excepción) de que cada una de las realidades que fuimos mencionando se realicen con excelencia. Aquí quizás pudiéramos estar aproximándonos al concepto de escuela católica, hay que concederlo. Pero uno no puede dejar de consignar que una “aproximación” es cosa diferente de la realización efectiva de una identidad.
Aprovecho para salir al cruce de una posible confusión. Quien lea estas líneas puede imaginarse que se encuentra ante un purista que confunde el plano de los ideales perfectos con el de las realidades humanas posibles y que, por esa razón, jamás va a encontrar en la realidad cotidiana la materialización de su mundo ideal. Estoy muy lejos de semejante actitud. Creo, por el contrario, que pueden encontrarse verdaderas escuelas católicas, que lo son efectivamente aunque realizando con muchas imperfecciones el listado de factores señalados más arriba.
La pregunta que me formulo e intento responder es esta: dónde radica la identidad católica de una institución educativa. Si he descartado los elementos antedichos no es por purismo intelectual, sino porque no veo en ellos -ni aislados ni sumados, repito- el constitutivo esencial o, lo que es lo mismo, aquello que hace que una escuela sea escuela católica.
Y esto no quiere decir que esté postulando una escuela católica sin catequesis, sin celebraciones religiosas ni símbolos del mismo tenor. Ocurre que esas instancias pueden ser parte integrante, pero no esencial de la identidad que estoy buscando.
Ningún maestro educa sin saber para qué educa y hacia dónde educa. Hay un proyecto de hombre encerrado en todo proyecto educativo; y este proyecto vale o no según construya o destruya al educando. Este es el valor educativo. Cuando hablamos de una educación cristiana, hablamos de que el maestro educa hacia un proyecto de hombre en el que viva Jesucristo. Hay muchos aspectos en los que se educa y de los que consta el proyecto educativo del hombre; hay muchos valores; pero estos valores nunca están solos, siempre forman una constelación ordenada explícita o implícitamente. Si la ordenación tiene como fundamento y término a Cristo, entonces esta educación está recapitulando todo en Cristo y es una verdadera educación cristiana; si no, puede hablar de Cristo. Pero no es cristiana.
(IV conferencia General del Episcopado Latinoamericano, nº 265, Octubre 12-28 de 1992. Las negritas del texto son mías).
Santo Domingo ha sido una Conferencia que se ha expresado poco acerca de la educación “stricte dicte” [1]. Entiendo que el párrafo citado, en plena continuidad con el precedente magisterio ordinario de la Iglesia, ofrece una respuesta al interrogante que nos ocupa. Adentrémonos un poco en el texto.
Toda pedagogía supone una antropología, explícita o implícita. Y hay que develar esa antropología en todo lo posible, por que nadie educa hacia ninguna parte. Esto es una evidencia en las ciencias de la educación y, por eso, ellas nunca podrán escindirse definitivamente de la filosofía. No hay proyectos educativos neutros. De ahí que sea una cuestión de elemental honradez explicitar los supuestos ideológicos por parte de quienes los diseñan.
Como consecuencia de lo anterior, el universo de los valores que la educación cultiva no es un caos indiferenciado: los valores existen siempre en un orden de preferencia.
Y aquí tocamos el nervio de la cuestión. Sólo aquel proyecto educativo sustentado en una antropología que parte y culmina en el misterio del Cristo puede denominarse cristiana. Con palabras del documento, únicamente es cristiana una educación que recapitula todo en Cristo.
La afirmación es decisiva. Lo específico de una escuela católica es que en ella
…tienen en Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado, el horizonte último que
Notemos bien lo que se viene afirmando porque esto hace una diferencia inconmensurable con cualquier otro proyecto educativo que pueda pensarse. Aquí hay una clave final de todo saber, un principio estructurador de la organización y un modelo que inspira praxis y estilos de relación. Y esa clave y ese principio generador es una persona y una presencia. Una persona y una presencia-ausente que sólo se reconocen en la Fe.
Podrá ser objeto de reflexión en la catequesis, podrá ser evocado en innumerables signos y celebrado en la liturgia. Todo eso está bien, pero no basta. No tenemos con ello una escuela católica.
Lo crucial para constituirla en su identidad no pasa por allí. Y esto es lo que no siempre se entiende. Y lo que sigue sin estrenar, nos animamos a decir. Porque aquí hablamos de otra cosa. No se trata de momentos puntuales, por más “sentidos” afectivamente que salgan...
Se trata de que el misterio atraviese absolutamente toda la realidad escolar. Estará más tácito o más expreso, según el caso y la circunstancia. Podrá incluso no ser objeto de tantas explicitaciones institucionales. Pero es su discreta omnipresencia la característica fundamental de la escuela católica. Omnipresencia que pone un clima, otorga significado y no deja un rincón de ese mundo educativo sin redimensionar,
Una escuela donde la fe adquiere este nivel de presencia y operatividad por las cuales unifica y jerarquiza toda su realidad en dirección cristocéntrica es una escuela cristiana. Las otras, por más catequesis, celebración y gestión eclesial que ostenten, serán escuelas en las que se habla de Cristo, pero no llegan a ser cristianas, en el sentido preciso del texto de Santo Domingo.
Por eso no es cuestión de sumar espacios y actividades religiosas, de dudosa eficacia, por otra parte. No alcanza con eso. Se trata de algo mucho más complejo y exigente:
1. La presencia transversal del misterio en todos los saberes (como síntesis entre fe y cultura) 2. Y la impregnación de todas las prácticas por el Evangelio (como síntesis entre fe y vida) [2] .
Esta transversalidad luminosa y dinámica del misterio cristiano en el mundo escolar es el constitutivo esencial de la identidad por la que me pregunté al comienzo. Se podría apuntalar lo dicho con diversos documentos eclesiales, desde el Vaticano II hasta la actualidad. Pero entiendo que alcanza con las palabras citadas de Santo Domingo, las cuales -como se dijo- recogen y sintetizan la visión magisterial de la Iglesia sobre el tema.
2. ¿Qué decimos cuando decimos “escuela católica”?
La escuela católica tiene que empezar siendo escuela en serio. Porque si no es escuela y no reproduce los elementos característicos de ésta, tampoco puede aspirar a ser escuela católica [3].
Y escuela es el lugar de formación integral mediante la asimilación sistemática y crítica de la cultura [4].
Católica no puede ser una excusa para ser menos escuela, ni, mucho menos, un argumento para manipular esa realidad convirtiéndola en un aparato para hacer proselitismo, entendido este concepto en el sentido más negativo con que lo emplea la documentación que recoge los acuerdos ecuménicos de las iglesias [5].
Así que hay que respetar lo propio de ambos conceptos (escuela y católica) y analizar qué contenido nuevo surge a partir de su conjunción: escuela católica. Esto supone, evidentemente, un enfoque interdisciplinar [6]. Supone tener un pie en las ciencias de la educación, que nos definen y precisan el concepto de escuela. Y requiere el otro pie en la teología, que nos explica qué decimos cuando decimos católica.
Desde la tradición cristiana ya podemos entrever que, si es verdad que la gracia supone y perfecciona la naturaleza, el segundo de los términos que pensamos implica la implementación de y el respeto a la realidad efectiva del concepto escuela, tal como lo expresa el documento citado al comienzo. Pero hay que dar un paso más, porque la fórmula teológica no queda en el supponit sino que añade un perficit que también aquí habrá de verificarse. La catolicidad respeta la escuela, pero también enriquece su naturaleza, como hace la gracia siempre que toca lo auténticamente humano. Y es que el Dios cristiano no viene jamás a mermar o rebajar lo humano, sino a llevarlo a una plenitud que ninguna utopía intramundana ha podido ni podrá nunca imaginarse...
La escuela católica, entonces, realizará en sí una manera excelente de ser escuela. Desde nuestra condición de creyentes diremos: la mejor manera de serlo.
Como se ha dicho ya, no hay proyectos educativos neutros. Por eso es de elemental honradez explicitar los supuestos ideológicos desde los que se diseñan esos proyectos.
La escuela católica se presenta en el panorama pluralista del mundo contemporáneo, en el que nada es neutro -insistimos-, como una alternativa educativa absolutamente legítima y de pleno derecho. Solo que, a diferencia de otras propuestas con direccionamientos sesgados, ella explicita y pone sobre la mesa los presupuestos desde los que se estructura. Los fundamenta, los delimita y muestra de qué manera potencian la realidad ya de por sí rica que es la escuela.
En el fondo la escuela católica es una utopía (en el sentido más positivo de esta palabra) porque el cristianismo es radicalmente utópico y su paradigma es la Eucaristía, vale decir, es la transubstanciación del mundo y de la historia que se llenan de la Presencia de Aquél que viene a hacerlo todo nuevo.
Es una escuela que se llena de Cristo y así se convierte en el taller donde las personas aprenden a mirar la vida desde el misterio de la Pascua (el Mesías muerto, pero resucitado como final anticipado de la historia) y a relacionarse con sus prójimos en el estilo fraternal y solidario que es la marca registrada del Reino.
Voces conservadoras han intentado decretar el final de las utopías. Pero la escuela católica es la utopía educativa del cristianismo. Es verdad, nuestras ignorancias y miserias oscurecen y tergiversan la identidad de este proyecto, y duele la distancia entre la realidad y los ideales. Pero a las utopías hay que recordarlas y hay que proclamarlas. Porque no están para paralizarnos ni desmoralizarnos. No están para eso.
Ella está en el horizonte -dice
Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos
y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la
alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar. Eduardo Galeano: Las palabras andantes [7]
3. Cuestiones a meditar y desarrollar más detenidamente en otra oportunidad.
Son muchas e interesantes las cuestiones que quedan abiertas a una mirada interdisciplinar, las cuales exceden el propósito acotado de este trabajo. Por ejemplo:
10. La iglesia ha realizado en América Latina una profética opción por los humildes:
…la opción preferencial por el pobre incluye la opción preferencial por los medios para que la gente salga de su miseria, y uno de los medios privilegiados para ello es la educación católica… (Santo Domingo, n° 275).
La pregunta obligada suena entonces así: ¿Cómo vivirán esto las escuelas cristianas? ¿Qué deben hacer para reconvertirse y llegar a ser un día las escuelas católicas de excelencia que necesitan y merecen los pobres, aquellos por los que hemos optado explícitamente? Es urgente atender estas cuestiones, sobre todo en un país en el que buena parte de los colegios de propiedad eclesial han servido para formar las élites privilegiadas que históricamente avasallaron a los humildes.
Quede claro que no hablo aquí de escuelas pobres para pobres, sino de escuelas de excelencia, las cuales son las únicas que pueden servirles. Cualquiera que se haya simplemente asomado al problema educativo sabe que la educación entre los marginados requiere el trabajo de los profesionales más calificados, porque es abrumadora la cantidad y la entidad de los problemas que esta tarea debe afrontar.
En nuestro sistema educativo los pobres han sido siempre los que tienen las peores escuelas. Se levantan algunas paredes, se otorgan becas, se distribuyen materiales didácticos. Todo esto es cierto. Pero el personal que se les destina es el que se inicia y en más de una ocasión el que surge de los “listados de emergencia”, porque ningún profesional altamente calificado las elegiría, dado el esfuerzo que supone ese trabajo y el sueldo miserable que se cobra. El sistema educativo persiste en conductas absurdas respecto al docente: le exige como profesional, pero le paga como apóstol (= limosna)... Y es así que continuamos dando menos a los que necesitan más, según palabras del propio Ministerio de Cultura y Educación de la Nación en su revista oficial.
Todo esto significa que hasta que no se modifique la carrera docente y se organice el sistema educativo a partir del principio de la justicia, la única posibilidad que tiene el pobre de acceder a una escuela de excelencia es la escuela católica. Si se decide a ser católica, claro, y a vivir el evangelio...
La lista podría continuar. Estas son algunas de las muchas cuestiones que habría que plantearse en un tratamiento interdisciplinar como el que supone el mismo enunciado de escuela y católica. [1] Por el contrario, si se atiende a la importancia que ha tenido en esta asamblea el problema de cultura/inculturación puede afirmarse que, tomado en su sentido lato, el tema circula difusamente por todo el documento. Véase n° 263: "[…] la educación cristiana es...la inculturación del Evangelio en la propia cultura".
[2] SAGRADA CONGREGACION PARA LA EDUCACION CATOLICA: La Escuela Católica. n° 33-48.
[3] Op. cit., nº 25.
[4] Ibidem, n° 26.
[5] GONZALEZ MONTES, A.: Enchiridion Oecumenicum, edición de la Pontificia Universidad de Salamanca, 1986. Entre ellos puede verse el acuerdo entre el Consejo Ecuménico de las Iglesias (CEI) y la Iglesia Católica, n° 378-402, págs. 163-172.
[6] El concepto de interdisciplinariedad es tan usado como incomprendido. Para la diferencia entre interprofesionalidad, multidisciplinariedad, disciplinariedad cruzada, transdisciplinariedad e interdisciplinariedad, pueden verse la precisiones de ANDER EGG, E.: Interdisciplinariedad en Educación, Magisterio del Río de la Plata (Bs.As., 1995).
[7] A este hermoso relato de Galeano habría que hacerle una corrección cristiana. Como tan lúcidamente ha dicho Leonardo Boff (Jesucristo Liberador) en el Señor Resucitado la utopía se ha hecho “topía”.
Nunca la alcanzaré...en la historia. Pero para el creyente la historia es la víspera de una Fiesta: la Fiesta Escatológica de los Resucitados.
[8] Sto. Tomás de Aquino: Suma contra Gentiles, Libro I, Cap. VII.
K. Ranher ha mostrado lo que sucede en el caso de la hipótesis de la evolución. Allí la fe en el acto creador viene a rescatar la racionalidad misma de la teoría, pues, el proceso evolutivo supone algo que evoluciona, lo cual, si no se quiere caer en el absurdo de una causa sui, postula el dogma judeocristiano. Cfr. Myst. Salutis, vol. II.
Prof. Guillermo Eduardo González |
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