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A propósito de los cambios en la Iglesia Católica, queremos presentar y alentar la lectura de este libro recientemente publicado (Abril-2005; EDUCC; Córdoba de Argentina). Carlos Schickendantz (1957). Doctor en teología por la Eberhard-Karls-Universität Tübingen, Alemania. Decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Católica de Córdoba. Profesor de Teología de la facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile. CAMBIO ESTRUCTURAL DE LA IGLESIA. Como tarea y oportunidad PRÓLOGO
“Una línea conductora reside en el análisis de la credibilidad de las
estructuras de la Iglesia católica en el marco de una sociedad
moderna-posmoderna, abierta, plural, democrática. La difícil relación entre
Iglesia y modernidad, sobre todo, la titubeante asunción por parte de aquélla de
aspectos que para nuestros contemporáneos aparecen como vinculados a la dignidad
y los derechos de las personas emerge en varias problemáticas puntuales. Procuro
sacar a la luz los principales argumentos en uno u otro sentido y, al mismo
tiempo, deseo poner en evidencia algunos pasos concretos en orden a una
auténtica, no mimética, «modernización» de la Iglesia. Si este proceso no es
conducido con decisión y sabiduría, la Iglesia, en su organización
institucional, llegará a ser, cada vez más, un «cuerpo extraño», no por razones
evangélicas ni humanitarias, para la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro
tiempo; con formas de proceder y lógicas organizacionales sólo comprensibles
para un reducido grupo de personas pertenecientes a ambientes eclesiásticos con
experiencias humana y culturalmente estrechas.” (págs.12-13) “El
temario que propongo, forma parte significativa de la agenda eclesial. Para
la credibilidad de la Iglesia, tan importante en una situación misionera, no
cuenta sólo el testimonio personal. A su credibilidad le pertenece también la
credibilidad de las estructuras. Las perspectivas en el camino ecuménico, la
generación de condiciones de posibilidad para auténticas experiencias de Dios y
para procesos más ágiles de inculturación del evangelio, las bases
institucionales para el impostergable diálogo interreligioso y para una
actuación crítica en favor de la justicia y en la atención del sufrimiento de
innumerables personas y, en fin, los presupuestos para estar a la altura de la
época cultural del reconocimiento del otro (persona o cultura), son
preocupaciones centrales que motivan las reflexiones de este libro.” (págs.14) “El
Vaticano II, que cumple este año el cuadragésimo aniversario de su clausura,
ofreció una renovada autocomprensión de la Iglesia. Distanciándose de los
esquemas preparatorios, brindó nuevas bases para profundizar en el misterio que
la constituye y, al mismo tiempo, reformular ideas conductoras, incluso las
referidas a su organización como sociedad. Con la adopción de la noción de
sacramento es posible vincular estrechamente interioridad y exterioridad,
misterio y sociedad. (...) Desde esta perspectiva, toda su articulación
institucional queda ricamente fundada pero, a la vez, profundamente
relativizada. La Iglesia, en razón de su dinámica interior, está siempre a la
búsqueda de una exterioridad adecuada que, en armonía con su propia tradición,
refleje y actúe para los hombres y mujeres de cada época aquello que es
esencial: la relación de las personas entre sí y con Dios.” (pág.17) REFLEXIONES FINALES “ALTERAR HÁBITOS SECULARES” “La
importancia de los factores institucionales se me han hecho más visibles al
hojear el implacable informe del «Comité Investigador del accidente del Columbia»,
la nave espacial norteamericana destrozada el 10 de febrero de 2003. La
destrucción se produjo debido a una falla durante el despegue, pero las razones
profundas, argumenta el Comité, son atribuibles a graves problemas
organizacionales y culturales de la NASA. “Muy a menudo las investigaciones de
accidentes culpan del desastre sólo al ultimo paso de un proceso complejo,
cuando un conocimiento más comprehensivo del proceso revelaría que pasos previos
pueden ser igual mente o, incluso, más culpables.” El informe advierte la
existencia de una cultura de autoprotección, y detecta también que actitudes y
tomas de decisiones de los responsables del programa fueron, claramente,
demasiado confiadas y de naturaleza burocrática; que se acostumbraron a aceptar
fallas en el sistema del trasbordador y tendían a ignorar la posibilidad de que
estas deficiencias pudieran agravarse y producir nuevas catástrofes; que
existían barreras organizacionales que impedían una comunicación efectiva de
información crítica sobre la seguridad; que se detectaron deficiencias en la
conducción de un management integrado que atravesara los diferentes elementos
del programa, también la existencia de canales de comando y toma de decisiones
que operaban fuera de las reglas de la organización, etc. “Basados en la
historia de la NASA, caracterizada por la ignorancia de recomendaciones
externas, o realizando mejoras que se atrofian con el tiempo, el Comité no tiene
confianza que el programa espacial pueda ser operado con seguridad más allá de
unos pocos años, si está basado únicamente en una renovada vigilancia
post-accidente.” En síntesis, son necesarios “cambios estructurales
significativos”. La advertencia es de moledora: “El Comité cree firmemente que,
si esas deficiencias persistentes y sistemáticas no se resuelven, habrá otro
accidente.” En relación a nuestra coyuntura histórico-cultural, no debería descartarse que, una vez más, como en diversos momentos de la historia, la comunidad eclesial, principalmente sus dirigentes (como lo ha reconocido Juan Pablo II incluso), no es tuvieran a la altura de las circunstancias. Piénsese por ejemplo en la manera incorrecta como se condujo el diálogo con la modernidad, el modo insuficiente en que se asumieron los desafíos de la Ilustración, los múltiples errores y miserias personales e institucionales que facilitaron la división del cristianismo, las variadas formas de atropello a la dignidad de las personas que causaron infinidad de sufrimientos injustos. Ahora la responsabilidad es nuestra. Hay que “superar pasividades y alterar hábitos seculares”. Tareas difíciles para el ambiente cultural que reina en amplios e importantes espacios de la Iglesia de hoy. Como en la NASA, también en la Iglesia son necesarios “cambios estructurales significativos”, “si las deficiencias persistentes y sistemáticas no se resuelven, habrá otro accidente.”(págs.157-161).
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